Hola, me llamo Tximo Gracia y me dedico a crear esculturas con acero, aunque no siempre me he dedicado a esto.

De niño me inicié en la música, llegando a estudiar hasta cuarto de solfeo y probé primero el tambor, la flauta travesera, luego estuve varios años estudiando guitarra y finalmente, ya siendo un veinteañero, la batería, que es el instrumento con el que más he disfrutado sin ninguna duda.

Hasta puedo decir que canté en público en una ocasión en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, interpretando una canción de Sting, y salí bastante bien parado. ¡Qué tiempos!

Pero salvo en algún que otro momento (o temporada) de euforia, aunque es fácil soñar con ser una estrella del rock, casi siempre tuve claro que aquello de la batería no iba a pasar de hobby, y mientras tanto hice lo que «todo el mundo» hace: estudiar una carrera (Física), trabajar y tratar de prosperar en la rueda de hámster de la economía.

Siempre traté de darle salida a mi faceta creativa con la música, lo cual me proporcionó momentos inolvidables junto a muy buenos amigos. Y aparte de nuestra amistad, que es la mejor secuela de aquella época, algún rastro sonoro queda en nuestros archivos digitales que atestigua lo que fuimos y nos permite decir aquello de «ahí queda eso»

Si no se abre, no es tu puerta

Y la puerta de la música no hubo manera de que se abriera. No ya la puerta de una carrera profesional, sino ni siquiera la de una dedicación amateur pero consistente y productiva. Tardé muchos años en darme cuenta de que la puerta no se abriría. Y más años aún en ver que podía y debía llamar a otras puertas.

Ya con treinta y pico, me inicié en el mundo de la soldadura como extensión de mi afición por el bricolaje y el trabajo manual. Una breve incursión en el mundo de la forja tradicional, algo que hice como mera curiosidad, hizo que se abriera delante de mis narices LA PUERTA. 

Era el último día de un cursillo de fin de semana en la Escuela de Herreros de Ramón Recuero, y el maestro me daba indicaciones sobre cómo debía golpear el hierro caliente para conseguir la forma que quería. Intentaba hacer que un trozo de chapa de hierro pareciera la hoja alargada de una planta. Estuve calentando y golpeando el hierro una y otra vez con muchas ganas y poca destreza, con golpes ineficaces, malgastando mi energía y la del carbón de la fragua durante horas.

Pero lo acabé consiguiendo. Después de mucho esfuerzo tenía una varilla de hierro con cuatro hojas soldadas a distintas alturas. Una raquítica planta que cambió mi vida. Al finalizar el cursillo me fui a casa más feliz que una perdiz con un gran tesoro en el asiento de atrás de mi Opel Corsa: mi primera obra terminada.

Aunque el mundo de la forja tradicional no es lo mío, le debo mucho a esa experiencia, ya que aquella fue la primera cosa en muchos años que empezaba y conseguía terminar sin necesidad de que otros añadieran o retocaran nada. Acababa de entrar, después de años de darme contra un muro, en un universo en el que podría crear cualquier cosa que pudiera imaginar. La batería y el Ableton Live eran ya material de archivo.

Volvía a ser el artista que ningún niño debería dejar de ser nunca. Los días de tijeras y cartulina habían vuelto, solo que ahora la cartulina era el acero.

No hacemos películas para ganar dinero, ganamos dinero para hacer películas.

Walt Disney

A partir de ahí la bola de nieve fue rodando ladera abajo y creciendo de forma natural. Mi pobre corsita se fue a dormir a la calle para dejar sitio a las herramientas, y mi garaje desapareció poco a poco dando paso a un taller digno del youtuber norteamericano más pirao.

Pocos años después, lo de trabajar de lunes a viernes en una oficina empezaba a ser poco más que un estorbo necesario para comer, pero que me impedía dedicarme a lo que quería. Necesitaba ganarme la vida con mis esculturas para poder hacer más esculturas, como hubiera dicho Walt Disney. No era un paso fácil.

No te voy a explicar la típica historia del emprendedor que abandona un trabajo aburrido, insulso y alienante para entregarse a su pasión y ahora es super feliz. Yo tenía un trabajo interesante en el mundillo financiero, que me gustaba y además estaba bien pagado. Tengo muy buenos recuerdos de esa parte de mi vida y considero que he crecido intelectualmente una barbaridad gracias a esa etapa.

Pero llegó un momento en que me interesaba más descubrir qué me iba a encontrar detrás de la cortina de incertidumbre que envuelve todo esto de trabajar por cuenta propia, y especialmente el vivir de una actividad artística, que lo que me pudiera ofrecer seguir el camino por el que iba, que ya empezaba a cansarme.

Y sobre todo, como he dicho antes, ¡necesitaba tiempo para jugar con mis cartulinas de acero!

Hola, me llamo Tximo Gracia y me dedico a crear esculturas con acero, aunque no siempre me he dedicado a esto.

De niño me inicié en la música, llegando a estudiar hasta cuarto de solfeo y probé primero el tambor, la flauta travesera, luego estuve varios años estudiando guitarra y finalmente, ya siendo un veinteañero, la batería, que es el instrumento con el que más he disfrutado sin ninguna duda.

Hasta puedo decir que canté en público en una ocasión en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, interpretando una canción de Sting, y salí bastante bien parado. ¡Qué tiempos!

Pero salvo en algún que otro momento (o temporada) de euforia, aunque es fácil soñar con ser una estrella del rock, casi siempre tuve claro que aquello de la batería no iba a pasar de hobby, y mientras tanto hice lo que «todo el mundo» hace: estudiar una carrera (Física), trabajar y tratar de prosperar en la rueda de hámster de la economía.

Siempre traté de darle salida a mi faceta creativa con la música, lo cual me proporcionó momentos inolvidables junto a muy buenos amigos. Y aparte de nuestra amistad, que es la mejor secuela de aquella época, algún rastro sonoro queda en nuestros archivos digitales que atestigua lo que fuimos y nos permite decir aquello de «ahí queda eso»

Si no se abre, no es tu puerta

Y la puerta de la música no hubo manera de que se abriera. No ya la puerta de una carrera profesional, sino ni siquiera la de una dedicación amateur pero consistente y productiva. Tardé muchos años en darme cuenta de que la puerta no se abriría. Y más años aún en ver que podía y debía llamar a otras puertas.

Ya con treinta y pico, me inicié en el mundo de la soldadura como extensión de mi afición por el bricolaje y el trabajo manual. Una breve incursión en el mundo de la forja tradicional, algo que hice como mera curiosidad, hizo que se abriera delante de mis narices LA PUERTA. 

Era el último día de un cursillo de fin de semana en la Escuela de Herreros de Ramón Recuero, y el maestro me daba indicaciones sobre cómo debía golpear el hierro caliente para conseguir la forma que quería. Intentaba hacer que un trozo de chapa de hierro pareciera la hoja alargada de una planta. Estuve calentando y golpeando el hierro una y otra vez con muchas ganas y poca destreza, con golpes ineficaces, malgastando mi energía y la del carbón de la fragua durante horas.

Pero lo acabé consiguiendo. Después de mucho esfuerzo tenía una varilla de hierro con cuatro hojas soldadas a distintas alturas. Una raquítica planta que cambió mi vida. Al finalizar el cursillo me fui a casa más feliz que una perdiz con un gran tesoro en el asiento de atrás de mi Opel Corsa: mi primera obra terminada.

Aunque el mundo de la forja tradicional no es lo mío, le debo mucho a esa experiencia, ya que aquella fue la primera cosa en muchos años que empezaba y conseguía terminar sin necesidad de que otros añadieran o retocaran nada. Acababa de entrar, después de años de darme contra un muro, en un universo en el que podría crear cualquier cosa que pudiera imaginar. La batería y el Ableton Live eran ya material de archivo.

Volvía a ser el artista que ningún niño debería dejar de ser nunca. Los días de tijeras y cartulina habían vuelto, solo que ahora la cartulina era el acero.

No hacemos películas para ganar dinero, ganamos dinero para hacer películas.

Walt Disney

A partir de ahí la bola de nieve fue rodando ladera abajo y creciendo de forma natural. Mi pobre corsita se fue a dormir a la calle para dejar sitio a las herramientas, y mi garaje desapareció poco a poco dando paso a un taller digno del youtuber norteamericano más pirao.

Pocos años después, lo de trabajar de lunes a viernes en una oficina empezaba a ser poco más que un estorbo necesario para comer, pero que me impedía dedicarme a lo que quería. Necesitaba ganarme la vida con mis esculturas para poder hacer más esculturas, como hubiera dicho Walt Disney. No era un paso fácil.

No te voy a explicar la típica historia del emprendedor que abandona un trabajo aburrido, insulso y alienante para entregarse a su pasión y ahora es super feliz. Yo tenía un trabajo interesante en el mundillo financiero, que me gustaba y además estaba bien pagado. Tengo muy buenos recuerdos de esa parte de mi vida y considero que he crecido intelectualmente una barbaridad gracias a esa etapa.

Pero llegó un momento en que me interesaba más descubrir qué me iba a encontrar detrás de la cortina de incertidumbre que envuelve todo esto de trabajar por cuenta propia, y especialmente el vivir de una actividad artística, que lo que me pudiera ofrecer seguir el camino por el que iba, que ya empezaba a cansarme.

Y sobre todo, como he dicho antes, ¡necesitaba tiempo para jugar con mis cartulinas de acero!